El Seat

coche

Desde la parada, lo sentía llegar. Siempre lo veía mientras esperaba el bus que me llevaba al colegio.  Recuerdo el bigote blanco del hombre que lo conducía. A la misma hora. En el mismo momento.

Hasta que dejó de pasar.

Me imaginaba que el hombre de bigote blanco había emigrado a una isla desierta, que se había hecho pirata y que ya no tenía un coche, sino un enorme barco.

Me imaginaba que aquel Seat había muerto en una huerta, siendo comido por las malas hierbas y oxidado por el paso del tiempo. Y que era la casa de unos duendes de jardín que tenían gatos como mascotas.

Sin embargo, lo que más me gustaba imaginar era que lo habían convertido en chatarra, que lo habían fundido y que se reencarnarían en un jardín con columpios que construirían, algún día, al lado de mi casa.

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