Arnela

Cangrejo origami

Escalera, escalera, escalera, escalera. Y así 50 o 51. La verdad es que las solía contar de pequeña, pero ahora no lo recuerdo.

Al final de todas ellas se encuentra el paraíso para niños aventureros. Las rocas a ambos lados esperan ansiosas para recibir las visitas de rodillas sin rasguños y pies sin fanequeras. Daba igual.

Lo único que importaba era poder meter los dedos entre las anémonas y pasar horas intentando coger el camarón más grande de toda la charca, el cuál se resistía dando saltitos en el último momento.

Queríamos ver los peces escondidos en los recovecos, tan inalcanzables. Inventar historias sobre familias, niños perdidos y valientes investigadores. Pero sin duda, el momento más esperado era cuando pasabas cerca de una roca y escuchabas un ric ric. Sabías que era un cangrejo escondido. Y cuanto más intenso era ese ric ric, te dabas cuenta de que, probablemente, acababas de encontrar al cangrejo más grande de toda la costa. 

Buscabas rápidamente. A contrarreloj. Tenías que encontrar un palito adecuado con el que importunar al señor cangrejo lo que te quedaba de tarde en Arnela.

 

 

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